Frida Kahlo en Londres: cuando una artista se convierte en mito y símbolo

EDWARDO CAMACHO
4 Min Lectura

Este verano, la Tate Modern de Londres inauguró Frida: The Making of an Icon, una exposición que reúne más de treinta obras de Frida Kahlo, objetos personales, fotografías y piezas de artistas contemporáneos inspirados en ella. La respuesta del público ha sido tal que la muestra permanecerá abierta hasta el 3 de enero de 2027. La noticia, sin embargo, no es únicamente que una de las pintoras mexicanas más importantes llegue a uno de los museos más prestigiosos del mundo. La verdadera pregunta es: ¿en qué momento un artista deja de ser recordado por su obra y comienza a ser reconocido por su imagen?

Hay artistas cuya obra permanece en los museos. Otros consiguen algo mucho más difícil: salir de ellos.

Pocas figuras han trascendido tanto como Frida Kahlo. Su rostro aparece en murales, camisetas, bolsas, tazas, muñecas, libros y hasta en campañas publicitarias. Basta una corona de flores, un vestido tehuano o sus inconfundibles cejas para reconocerla. Incluso quienes jamás han contemplado uno de sus cuadros saben perfectamente quién es. Ahí comienza el fenómeno que la exposición de Londres intenta explicar.

¿Cómo una pintora termina convertida en un símbolo cultural?

El semiólogo francés Roland Barthes ofrece una pista en Mitologías. Allí escribe que «El mito es un habla» y explica que «el mito no se define por el objeto de su mensaje sino por la forma en que se lo profiere». Frida parece confirmar esa idea. Su imagen dejó de remitir únicamente a una pintora mexicana del siglo XX para convertirse en un lenguaje. Hoy comunica fortaleza, identidad, resistencia, feminismo, mexicanidad o libertad, según los ojos de quien la contemple.

Pero ese reconocimiento también plantea una paradoja. Mientras su rostro circula por todo el mundo, muchas personas desconocen la profundidad de su obra. Se identifica el ícono antes que la artista; las flores antes que Las dos Fridas; las cejas antes que La columna rota. La popularidad, en ocasiones, termina simplificando una trayectoria marcada por el dolor físico, la identidad y la necesidad de convertir la experiencia personal en pintura.

Quizá por eso la exposición de la Tate Modern resulta tan pertinente. Nos recuerda que, antes del mito, existió una artista que pintó para comprenderse. Sus autorretratos no fueron ejercicios de vanidad, sino una forma de traducir el dolor, el cuerpo y la memoria en imágenes capaces de decir aquello que las palabras no alcanzaban a expresar.

Barthes escribió también que «todo lo que justifique un discurso puede ser mito». Frida Kahlo parece confirmar esa idea. Su figura se ha convertido en un lenguaje compartido por millones de personas. Sin embargo, el verdadero homenaje no consiste en reconocer su rostro, sino en volver a sus cuadros. Porque antes del símbolo hubo una obra. Y fue esa obra la que convirtió a Frida Kahlo en un mito.

Comparte este artículo