El reciente fallo de un Tribunal Colegiado en contra del libro Las señoras del narco: Amar en el infierno, de Anabel Hernández, marca un precedente incómodo para el debate sobre libertad de expresión y derecho al honor. La resolución no solo afecta a la periodista, conocida por adentrarse en las zonas más oscuras de la vida pública mexicana, sino que también ha encendido una disputa legal: Paty Navidad, cuyo nombre aparece en la obra, anunció que procederá judicialmente contra la autora.
La polémica gira en torno a uno de los pasajes más comentados del libro, donde se alude a la existencia de un supuesto “catálogo de celebridades” de Televisa al servicio de narcotraficantes. El señalamiento, de por sí escandaloso, rebotó con fuerza en los medios de comunicación y en las redes sociales, convirtiendo a las actrices mencionadas en protagonistas de un linchamiento mediático sin pruebas verificables en tribunales. Hoy, con el fallo judicial en la mano, la narrativa da un giro: ya no se trata únicamente de si el dato era cierto o no, sino de sí Hernández traspasó la delgada línea que separa la investigación periodística de la difamación.
Paty Navidad, quien desde hace años se mueve entre la actuación, las declaraciones polémicas y las luchas legales por su imagen, parece decidida a no dejar pasar esta afrenta. Su anuncio de interponer una denuncia contra la autora no solo busca limpiar su nombre, sino también mandar un mensaje a quienes, desde la pluma o el micrófono, creen que la fama convierte a los artistas en blanco fácil para acusaciones sin sustento.
Lo cierto es que el fallo judicial no sepulta el trabajo de Anabel Hernández, pero sí deja una advertencia para el periodismo mexicano: investigar al narco implica no solo riesgos de vida, sino también batallas en tribunales. Y para las celebridades, como Paty Navidad, queda claro que su imagen es un capital demasiado valioso como para permitir que la erosione un párrafo en un libro de alta circulación.
La tensión entre la verdad periodística y la honra personal seguirá ahí. La pregunta es si México está preparado para discutirla en términos serios o si, como tantas veces, se reducirá a un espectáculo mediático donde unos ganan rating y otros pierden reputación.
