Permitir que lo urbano conviva con lo prehispánico no tendría que ser extraño. En realidad, pasa más seguido de lo que se podría pensar. La Zona Arqueológica de Tenayuca está en Tlalnepantla, Estado de México, justo en el límite con la alcaldía Gustavo A. Madero de la CDMX. No hay que viajar mucho para llegar. Está ahí, casi en medio de todo.
Lo curioso es que no se siente como un sitio apartado. Al contrario: está rodeado de calles, de negocios, de gente que va y viene. Los coches pasan, alguien vende, alguien cruza. Y la pirámide, mientras tanto, permanece. No interrumpe, no exige. Simplemente está.
A un costado, la plaza Wichita refuerza esa sensación de cotidianidad. No se trata de un espacio turístico en el sentido tradicional, sino de un punto de encuentro donde la vida sigue su curso. Familias, comercio y tránsito conviven sin que la presencia de la pirámide altere del todo la dinámica del lugar.
A diferencia de otros lugares arqueológicos donde uno se prepara para la visita, aquí no. Tenayuca aparece casi de pronto. Y eso, en lugar de hacerla más impactante, la vuelve, de algún modo, cotidiana. Como si siempre hubiera estado ahí y, por lo mismo, obligara a detenerse a verla.
Para acceder a la pirámide hay que entrar por el museo Xólotl, en la calle Cuauhtémoc s/n, en el pueblo de San Bartolo Tenayuca, municipio de Tlalnepantla, Estado de México. Cruzar ese acceso cambia algo. No es solo entrar: es permitirse remontarse a los tiempos prehispánicos.
La pirámide, construida por la cultura chichimeca, con su basamento y el muro de serpientes que la rodea, habla de otra forma de entender el mundo. Pero hoy convive con una ciudad que no siempre se detiene a mirar.
Tal vez lo más interesante de Tenayuca no es lo que muestra, sino lo que revela de nosotros: no es que el pasado esté lejos, es que hemos aprendido a convivir con él sin mirarlo.
