El fútbol también se escribe (II): Cuando un partido continúa en las calles

EDWARDO CAMACHO
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El pasado miércoles 24 de junio, México derrotó 3-0 a Chequia y cerró una fase de grupos perfecta en la Copa del Mundo. Las estadísticas registrarán los tres goles, el liderato del grupo y el dominio mostrado durante los noventa minutos. Sin embargo, basta mirar lo que ocurrió después del silbatazo final para comprender que un partido nunca termina cuando termina. Minutos más tarde, miles de personas comenzaron a reunirse en el Ángel de la Independencia, en la Ciudad de México, y en plazas, avenidas y calles de distintas ciudades del país. Las banderas aparecieron, los automóviles hicieron sonar el claxon y los abrazos entre desconocidos parecían demostrar que el encuentro seguía disputándose, pero ahora fuera del estadio.

En ese momento recordé una de las ideas más sugerentes de Juan Villoro en Dios es redondo: “El juego sucede dos veces: en la cancha y en la mente del público.” Difícil encontrar una frase que explique mejor lo ocurrido aquella noche. El marcador pertenecía al terreno de juego; la celebración ya pertenecía a otra dimensión: la memoria colectiva. Ahí comenzaba un segundo partido construido con emociones, conversaciones y recuerdos.

En mi columna anterior, El fútbol también se escribe (I), planteé que el fútbol también podía convertirse en literatura. Villoro da un paso más allá: explica por qué merece escribirse. Para él, un partido no concluye cuando termina el tiempo reglamentario. Continúa en las conversaciones familiares, en las discusiones entre amigos y en los relatos que cada aficionado reconstruye una y otra vez. No es casual que afirme que “El futbol es asunto de la palabra.” Antes que estadísticas, el fútbol produce narraciones.

Eso fue precisamente lo que ocurrió tras la victoria de México. Mientras algunos recordaban el primer gol, otros hablaban de la solidez del equipo o de la ilusión que despierta un Mundial jugado en casa. En el Ángel de la Independencia no se celebraba únicamente un 3-0. Se celebraba la posibilidad de creer, aunque fuera por una noche, que todos estaban contando la misma historia. Villoro lo resume con precisión cuando afirma que “Las multitudes llenan los estadios ilusionadas por algo que no sólo pasa en la cancha.” La celebración deja entonces de pertenecer únicamente al deporte y se convierte en una experiencia compartida que rebasa los noventa minutos de juego.

Villoro entiende que la afición también participa en la construcción del partido. Escribe que “Las leyendas que cuentan los aficionados prolongan las gestas en una pasión non-stop.” Esa frase explica por qué algunos encuentros permanecen vivos mucho después de que el árbitro señala el final. Los goles se convierten en recuerdos; los recuerdos, en relatos; y los relatos, con el tiempo, forman parte de la identidad de quienes los comparten.

Creo que ahí reside uno de los vínculos más profundos entre el fútbol y la literatura. Ambos necesitan de alguien que vuelva a contar lo sucedido. Las estadísticas registran que México venció 3-0 a Chequia. La literatura, en cambio, conserva aquello que ninguna tabla puede medir: el sonido de una ciudad celebrando, la emoción de abrazar a un desconocido y la certeza, aunque sea momentánea, de sentirse parte de una misma historia.

Tal vez ahí radique la mayor lección de Dios es redondo. Los partidos terminan. Lo que permanece son las historias que los aficionados vuelven a contar una y otra vez. Mientras exista alguien dispuesto a narrar un gol, una derrota o una celebración compartida, el fútbol seguirá encontrando en la literatura otra manera de permanecer.

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