El hallazgo sin vida de los músicos colombianos B-King y Regio Clown en la Ciudad de México vuelve a sacudir esa frágil línea entre el arte, la violencia y la política. La noticia no solo es dolorosa por el desenlace, sino por la manera en que se ha tejido una red de sospechas, acusaciones y discursos que van más allá del hecho mismo.
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, atribuyó el crimen a la fallida “guerra contra las drogas” promovida por Estados Unidos. No es la primera vez que el mandatario hace este señalamiento: para él, la raíz de la violencia en América Latina está en la lógica prohibicionista que alimenta mercados ilegales y deja a su paso cadáveres y conflictos sin resolver.
En medio de este escenario, la tragedia adquirió un matiz aún más complejo cuando Marcela Reyes, esposa de B-King, tuvo que salir públicamente a negar su participación en el asesinato. El peso del rumor recayó con fuerza sobre ella, luego de que días atrás B-King compartiera un video responsabilizándola si algo le sucedía.
Por otro lado, no pasó desapercibido que, tras confirmarse la muerte, resurgiera un viejo vínculo: la cercanía de B-King con Camilo Torres Martínez, alias Fritanga, uno de los antiguos cabecillas del Clan del Golfo. Aunque las autoridades mexicanas no han reportado relación alguna entre los músicos y el crimen organizado, basta esa sombra para que la duda quede instalada.
El asesinato de B-King y Regio Clown es, en el fondo, un espejo que refleja la vulnerabilidad de artistas que, entre el ascenso musical y los ecos de la violencia, quedan expuestos al terreno del narcotráfico.
La muerte de estos dos músicos no debería reducirse a una historia de “narcos y venganzas”. Es la historia de cómo la música, se ve interrumpida por la violencia que atraviesa fronteras y convierte a la cultura en un campo de sospecha. Si Petro quiere abrir un debate sobre las raíces globales del problema, que lo haga. Si la justicia mexicana quiere esclarecer este crimen, que actúe con la misma contundencia con la que se alimentan rumores. Porque lo que no puede normalizarse es que dos vidas dedicadas al escenario terminen convertidas en cifras dentro de la estadística de la violencia.
